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enviado por Nerea Azkona
23 de marzo de 2016
La cruda realidad de la Europa Fortaleza
La llegada de personas a la Unión Europea ha crecido exponencialmente en los últimos años.
Según datos de ACNUR, el número de personas desplazadas en el mundo ha ascendido un 157% en los últimos 5 años, llegando a los 60 millones de personas, de las cuales, durante 2015, más de un millón de ellas han llegado a las costas europeas y unas 3.750 han perdido la vida durante el viaje.
Más del 75% de quienes llegan a Europa han huido de la persecución y los conflictos en Siria, Afganistán o Irak. Mientras Europa se echa las manos a la cabeza y lo vive como “una crisis”, lo cierto es que el 86% de las personas refugiadas se encuentran en países más empobrecidos. Por ejemplo, de los 4’6 millones de sirios y sirias que han huido del país, 3’7 han sido acogidos/as por Turquía, Líbano y Jordania. Como medida extraordinaria la UE se ha comprometido a dar acogida a 160 mil personas refugiadas en dos años.
Europa está viviendo un incremento en la llegada de los refugiados y refugiadas, pero no se trata de una emergencia ni inasumible ni imprevisible.
Durante los últimos diez años se han ido sucediendo distintas crisis, denominadas por la prensa como la “de los cayucos” en 2006 y la “de los refugiados” en la actualidad, que han puesto, ponen y pondrán de relieve las debilidades e incoherencias de la política de inmigración y asilo común de la UE.
En este sentido, la Unión Europea ha llevado a cabo durante este tiempo políticas de inmigración basadas en el cierre de fronteras, el control policial de la población inmigrante y la consideración de esa población como mano de obra.
Así, las políticas migratorias no han dejado de endurecerse, tanto en las fronteras europeas exteriores e interiores (a pesar del espacio Schengen) como en las fronteras de los países vecinos. ES decir, estamos viviendo un doble proceso: por una parte, un proceso de “blindaje” hacia el interior de Europa; y por la otra, un proceso de “externalización” de las fronteras exteriores a países vecinos que no pertenecen a la UE mediante la negociación y firma de acuerdos.
Medidas como el fortificando de las fronteras y prácticas ilegales como las expulsiones colectivas y/o sin garantías de las personas que no puedan acceder a la protección internacional no son nuevas. Por lo que el impacto que provocan en la vida de las personas refugiadas tampoco.
Esta historia ya la hemos vivido hace 10 años. La llamada “crisis” de los cayucos que se vivió en 2006 hizo que se tomaran medidas destinadas a la externalización de la frontera sur, mediante la firma de acuerdos de nueva generación con los países de África Occidental; y a la instrumentalización de la Ayuda Oficial al Desarrollo a favor del control de fronteras. Con esto se consiguió que la frontera cada estuviera más al sur (de Marruecos a Mauritania, a Senegal, a Gambia, a Guinea, a Guinea Bissau y a Cabo Verde) lo que provocó que las rutas migratorias cada vez se volvieran más peligrosas y más personas perecieran en los viajes hacia Europa. Además, la firma de los acuerdos ponía en manos de países que no cumplían los derechos humanos el futuro de los migrantes, bajo responsabilidad europea.
De momento, el modelo europeo de gestión migratoria está centrado en este tipo de medidas con catastróficas consecuencias en vez de en otro tipo de soluciones que no se han tomado aún y que podrían solventar la situación actual como por ejemplo expedir visados humanitarios en los países de origen y garantizar unas vías de llegada segura, tal y como dicta el Derecho Internacional. La idea podría ser la de abandonar definitivamente el modelo de control para pasar a uno de gestión que sea el motor de la futura política migratoria y de asilo común europea. Existen recursos suficientes para ello y, sin embargo, los esfuerzos se siguen dirigiendo a reforzar la Europa Fortaleza.

Nerea Azkona
Doctora en Estudios internacionales
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