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Elisa Álvarez
Domingo, 10 de abril de 2016 | Noticia leída 523 veces

Sobre alta capacidad. Cambiar la imagen

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A diario escuchamos voces que claman por injusticias. Cada una de ellas se materializa en una imagen anidada en nuestra emoción.

Si comento que mi labor se desarrolla con menores de alta capacidad intelectual, posiblemente se esté imaginando un niño sabelotodo, con gafas, que rehúye el contacto social.

Esta imagen dificulta que las niñas sean identificadas; que tampoco percibamos a quienes no destacan académicamente, ni a quienes se relacionan bien socialmente.

Sabemos que gran parte de este alumnado se detecta al buscar la explicación de su fracaso escolar. Por lo tanto, ni siempre desbordan las competencias curriculares, ni tienen porqué sobresalir en conocimientos concretos; y la mitad de ese colectivo son niñas, aunque desconozcamos sus nombres.

Hay familias que tardan años en encontrar una explicación coherente a la situación que están viviendo, y en ocasiones sufriendo sus hijos e hijas. Muchas veces llegan después de un tortuoso peregrinaje por distintos servicios: entre los que hemos de incluir también salud mental.

Estamos convirtiendo en un problema social, educativo y sanitario, con un inexplicable derroche de recursos y un coste injustificado; lo que podría ser resuelto en el ámbito académico con una simple adaptación curricular, tal y como recoge la ley.

Desconozco la razón por la que nuestra sociedad no valora convenientemente la inteligencia, no está bien visto tener hijos con altas capacidades, mucho menos hijas; decirlo es un acto de valentía que puede llegar a provocar el rechazo cainita del entorno.

Cualquier diagnóstico de dificultad despierta la sensibilidad y cuenta con el apoyo social. Sin embargo este colectivo, por más que la ley diga que necesitan atención y recursos para desarrollarse, la imagen que convoca es la de alguien autosuficiente; ante quienes sentimos la obligación de demostrar nuestra adulta superioridad.

Es difícil cambiar un arquetipo colectivo, sería de gran ayuda para muchas familias esforzarnos por adoptar una imagen más real. Y un gran alivio, si fuésemos capaces de aceptarles en su singularidad.

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