Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Koldo Campo

¿Racista yo? Nunca

Guardar en Mis Noticias.

En nuestra sociedad late un racismo sin racistas. Nadie se reconoce como tal, porque serlo es un reflejo de ignorancia e irracionalidad; pero las actitudes racistas se multiplican, a veces incluso siendo cómplices de la discriminación desde una aparente y mal entendida inocencia.
 

Lo que para nosotros puede ser un comentario jocoso, sin importancia, a oídos de otra persona acaba siendo un desagradable trato despectivo. No es extraño estar en un entorno lúdico, como un campo de fútbol, y en un momento de apoteósica insustancialidad, oír referencias, descalificaciones o insultos hacia tal o cual jugador incidiendo en sus características raciales.
 

Por supuesto que no se suele manifestar ese racismo visceral que se fundamenta en el prejuicio étnico, porque hasta la discriminación se ha sofisticado o ha evolucionado, en muchos casos a clasismo.
 

También se extiende como una infección ese nuevo racismo “aversivo”, como indican los psicólogos sociales, para describir la ambivalencia del que, por un lado, simpatiza con la víctima por el trato injusto que le da la sociedad, y apoya políticas que van contra el racismo y promueven la igualdad entre etnias  pero, al mismo tiempo, mantiene sentimientos y creencias negativas sobre los negros o gitanos. Un racismo justificado en un puñado de estereotipos, construidos con generalidades y vagas referencias simplificadoras, que no ve posible ni acepta la integración ni la convivencia; un racismo muy difícil de combatir, salvo con esfuerzo informativo, educación y sensibilización.
 
Algo en lo que deberían ser arietes las administraciones públicas, aunque se dan casos en los que se aplica la tradicional estrategia del avestruz, negándose a ver la existencia de problema alguno o relativizando lo que sucede. Todo a pesar de informes que relata más de 400 agresiones racistas; en el que se destaca que un 30% de los adolescentes echaría a moros y gitanos, o donde se denuncia que los jueces se limitan a juzgar las agresiones sin entrar a valorar las motivaciones racistas de la agresión. Tampoco resulta extraño y socialmente se acepta como normal, o sin escándalo, la “selección a la entrada de locales” en base al color de la piel o al idioma hablado o en el que se denuncia la creciente segregación residencial del colectivo inmigrante, al que se le niega explícitamente la posibilidad incluso de alquilar una vivienda.
 

Y lo que resulta insostenible es que ese idílico país, adalid de libertades, sea uno de que menos medidas toma para combatir la discriminación racial entre los estados miembros de la Unión Europea.
 

Mientras tanto, los clichés discriminatorios corren desbocados y, si después enraizan, a ver qué hacemos, porque, como dijo Einstein, es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.

Begirada • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress