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Koldo Campo
Miércoles, 1 de abril de 2015 | Noticia leída 86 veces

Signos de barbarie

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Albert Camus dijo que “la pena capital es la forma más premeditada de asesinato ya que ningún criminal resulta tan terriblemente calculador como para avisar a su víctima de la fecha de la muerte”.


Nadie tiene derecho a disponer de la vida de los demás y no existe fin que justifique un asesinato, incluso aunque esté investido de legalidad.
Si resulta sobrecogedora la inmoralidad de quien comete un crimen no parece menos la pena de muerte legal.


¿Qué consigue un estado con un acto tan cruel e irreversible? ¿Se hace justicia? Responder a la violencia con violencia no aporta solución alguna. Cuando se llega a casos tan extremos no se pretende hacer justicia sino saciar el ansia de venganza. Nada más. Incluso aunque la indignación que produce un asesino te queme por dentro y despierte a la bestia que duerme en ti, hay que respetar su vida ¿Acaso sirve de algo hacer con él lo que él hizo con otros? Sólo nos convertiríamos en un monstruo tan horrible como el que queremos combatir. Perdonar la vida al criminal no significa que se desprecie a sus víctimas, sino que la crueldad inherente a la pena capital no puede ser una respuesta  condenatoria racional.


Por lo general, la pena capital en aquellos países donde se practica resulta claramente discriminatoria, ya que los corredores de la muerte se suelen llenar  de marginados, desfavorecidos económicamente o miembros de minorías raciales o religiosas, por lo que las ejecuciones se caracterizan por su desproporcionada y más que evidente arbitrariedad.


La pena de muerte no es un acto defensivo sino un homicidio premeditado, que en muchas ocasiones oculta perversos intereses de los que la practican, basta un juicio sin garantías para que acaben  colgados, fusilados o envenenados todo tipo de excedentes sociales o disidentes políticos. Y en aquellos países que alardean de defender los derechos sociales en muchas ocasiones son condenados aquellos que no tiene dinero para pagarse un abogado y, lo más trágico, es que esas muertes programadas tampoco consiguen los objetivos de reducción de los índices de criminalidad; al contrario, cada vez los delincuentes se emplean con más violencia porque saben que si les cogen ya no pueden perder más.


Afortunadamente, los expertos dicen que, tarde o temprano,  todos los países caminarán con paso firme por la senda de la abolición, una conquista alcanzada ya por una gran mayoría que ha dejado de estar marcados por ese perverso signo de barbarie.

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