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Iñigo Iriarte

Desde este lado de la Muralla

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Indignado, triste, incluso avergonzado. Una vez más he comprobado con pesar la diferente consideración que desde Europa tenemos para unas personas  u otras, contradiciendo la igualdad de la que hacemos gala en una declaración de los derechos humanos de la que nos consideramos los máximos representantes.

 

 En este “espacio Schengen” en el que estamos inmersos no sólo hay muros físicos, también hay muros “legales” que “abren la muralla” al dinero, a los turistas, a los adinerados, pero que “cierran la muralla” a los sencillos, sean éstos refugiados, personas empobrecidas o, como en el caso que ahora comento, personas que tan sólo tenían intención de  venir  a nuestra tierra para agradecernos en persona lo mucho que, a su entender, hemos compartido con ellos desde hace años.

 

Desde Misiones Diocesanas y desde varias Fundaciones que colaboramos con la RD Congo habíamos invitado a cuatro personas congoleñas, agentes de pastoral y de desarrollo en  Mufunga, provincia de Katanga. Enmarcado  en el programa “voces del Sur”, estas cuatro personas nos iban a transmitir sus testimonios, sus vivencias. En colegios, parroquias, medios de comunicación. La solicitud de los visados comprendía una estancia que iba desde el 24 de febrero hasta el 20 de marzo.

 

Pero Europa les ha denegado el visado. Desde la mentalidad de los responsables de asuntos exteriores europeos, la gente sencilla no puede decir cosas  interesantes que merezcan ser escuchadas. No se han creido los motivos para su venida reflejados en las cartas de invitación. Habiendo cumplimentado todos los trámites que les solicitaban, les han ido pidiendo más y más pruebas para demostrar su arriago en la RD Congo y su solvencia económica. En concreto les pidieron sus tres últimas nóminas, los títulos de propiedad de sus casas, los movimientos de sus cuentas corrientes.  Y esto no lo han podido entregar puesto que aunque en su caso tengan casas, éstas no están escrituradas, porque sólo uno de ellos es titular de una cuenta corriente. Aunque casi todos tienen un sueldo mensual, no tienen nóminas tal y como lo entendemos en Europa.

 

Consecuencia: sus “voces” son acalladas, los sin-voz no pueden hablar, las leyes de inmigración protegen nuestras fronteras para que la gente no venga a quedarse en este “paraíso” occidental.

 

¿Con qué cara me presentaré ante Timothée, Celestine, Marie Claire y Damase la próxima vez que vaya de nuevo a su pais con un visado expedido sin demasiadas dificultades? Sé que me acogeran como siempre, con su generosidad sin límites. Algo que no hemos podido hacer nosotros en esta ocasión, ni creo que podamos hacer en un futuro próximo. ¿Hacia dónde vamos con esta Europa desorganizada e injusta?

 

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