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Sábado, 18 de agosto de 2018
Última actualización: Jueves, 16 de agosto de 2018 23:07
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Redacción

La parada de los monstruos

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Los monstruos pueden ser muy atractivos y cautivadores, como Anibal Lecter, el caníbal de “El silencio de los corderos”. Muchos de ellos son personas normales, que dirían sus vecinos. Algunos incluso, como el de la ficción, inteligentes, elegantes, pulcros, carismáticos y, en apariencia, decentes. Su cortocircuito es emocional ya que se muestran incapaces de manifestar empatía; parecen imposibilitados para ponerse en el lugar del otro, para sentir lo que puede sentir el otro. A sus ojos, las víctimas, sean anónimas o carne de su carne, acaban cosificadas, porque  probablemente, como profilaxis para evitar remordimientos, difuminan su condición de personas. Los expertos, dirían de ellos que son unos analfabetos emocionales, supongo que como Daniel, el ¿hombre? que al parecer lanzó a un bebé, Alicia, por la ventana y que ahora personifica el mal absoluto, la aberración del ser humano; porque nos cuesta entender cómo alguien es capaz de traicionar, maltratar, humillar, vejar y asesinar a otra persona, más si cabe a una criatura despreciando su inocencia.


Pero cuando observamos la fotografía del verdugo, la sensación es extraña, ya que no somos capaces de distinguirle de nosotros, porque muchos como él tienen la habilidad suficiente para mimetizarse con el entorno, ocultar sus anomalías y pasar desapercibidos como si fueran uno más.


Los hay taciturnos, distantes, serios, afables, simpáticos, cariñosos… y, a simple vista, no detectamos sus perversas deformidades. Necesitaríamos un scanner de sentimientos y emociones para comprobar que tienen una personalidad dislocada: por un lado, la del Dr. Jeckill, y por otro, la de Mr.Hyde. Individuos capaces de mostrarse humanos, especialmente con los suyos, con su entorno y despiadadamente terribles con los demás.
Y en este gran teatro del horror, que es también nuestra sociedad, se escenifica la gran parada de los monstruos.  Asesinos, violadores, pederastas… una nauseabunda galería de diabólicos personajes, que de modo irreflexivo o intencionado dejamos incompleta.


¿Acaso las malformaciones emocionales de Daniel son distintas de las del honorable gobernante que da la orden de aniquilar un país aceptando como un daño incidental el asesinato de miles de personas, hombres, mujeres y niños? ¿Acaso ese prohombre se siente culpable mientras comulga o se avergüenza al dar la paz a su vecino de asiento en la misa dominical? ¿Es distinto el engendro que se sienta en el consejo de administración de una multinacional o un banco y firma un acuerdo para especular con el precio de la comida o los medicamentos de miles de personas sin importarle que su incremento de beneficios se substancie en el aumento de muertos por inanición? ¿Acaso después de tomar tan trágica decisión no regresa a casa cansado del trabajo, besa a su esposa y atusa el cabello de su hijo, derrochando amor de padre?.


Lo que ha hecho Daniel resulta abominable. Conocido su delito, sentimos una rabia que nos come por dentro, por eso socialmente tenemos que apelar a lo bueno que hay en cada uno de nosotros para no exigir venganza en vez de justicia. Pero aquellos que están al frente de las empresas que más éxito tienen en el mundo, y que como dijo Eduardo Galeano coinciden con las que más asesinan, y los políticos que rigen países que deciden el destino del planeta y son los que más méritos hacen para aniquilarlo, habitantes incluidos, no se ven acosados por nuestro desprecio, no nos dan miedo y, en ocasiones, no sólo son respetados sino envidiados, cuando puestos frente al espejo reflejan, como Daniel, idéntica deformidad.

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