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Redacción
Domingo, 22 de marzo de 2015 | Noticia leída 67 veces

Yo no soy racista, pero...

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No conozco a nadie que se manifieste abiertamente racista. No sólo porque socialmente está mal visto, sino porque es un reflejo de ignorancia e irracionalidad.
El racismo se fundamenta en el prejuicio según el cual hay razas humanas que presentan diferencias biológicas, que justifican relaciones de dominio entre ellas y, por extensión, rechazos y agresiones.

Por desgracia, la historia de la humanidad es prolija en ejemplos: luchas étnicas o tribales, colonizaciones, esclavismo, aniquilaciones sistemáticas… No han pasado tantos años desde que los otros humeaban en campos de concentración, las etnias rivales se despedazaban a machetazos o se llenaban las fosas comunes con cadáveres de los disidentes.

Por eso no es tan descabellado exigir una mayor responsabilidad a todos los sectores sociales, especialmente a los partidos políticos que, al igual que fomentan la discriminación positiva en políticas dirigidas a la mujer, deberían hacerlo defendiendo los derechos de extranjeros, inmigrantes, y otras minorías. Pero esto está lejos de la realidad, más si cabe cuando los ciudadanos a los que representan sólo los ven como mano de obra y, en esa condición, los aceptan y los regularizan.

También los medios de comunicación deben asumir una gran responsabilidad. Sobre todo por la difusión inexplicablemente intencionada de la imagen negativa de los otros y, en consecuencia, de la proliferación del rechazo al diferente y de la intolerancia.

A estas alturas ya no estamos hablando de racismo ideológico, de la segregación declarada hacia miembros de otros colectivos, sino de la hostilidad manifiesta que se palpa en la sociedad hacia otros grupos étnicos o religiosos. Por supuesto que sólo los imbéciles creen que existen diferencias biológicas entre grupos étnicos distintos, sobre todo cuando los expertos en genética hace tiempo que han demostrado que sólo existe una raza: la humana. Pero en este mundo multicultural hemos aprendido, o más bien nos han enseñado, a desconfiar, a temer y a blindarnos ante lo desconocido. Si a esto le sumamos el conjunto de estereotipos simplificadores, generalizados e injustos con los que nos manejamos, no es de extrañar que poco a poco vayamos desarrollando una actitud de rechazo.

De ahí que se extienda como la pólvora la frase: yo no soy racista, pero… Sin duda, las objeciones suelen dar paso a un discurso que deja colar con sutileza una imagen de “racialización”. Es como cuando Le Pen, ese abominable personaje, dice que todos los hombres tienen derecho al mismo respeto, pero que también es evidente que hay jerarquías, preferencias y afinidades naturales… Qué cuesta después de este racismo simbólico pasar al explícito, que parte de expresiones como: estos inmigrantes son una plaga; los magrebíes son peor que los gitanos; da mucho miedo pasar por tal o cual calle porque no hay más que navajeros extranjeros… Quizá muchos se reconozcan en las manifestaciones pero seguro que no aceptan para sí la etiqueta de racistas. Históricamente el sentimiento de superioridad racial ha ido acompañado por la convicción de que las otras razas suponen un peligro o son susceptibles de generar desórdenes sociales. Por eso, en este día de concienciación contra el racismo y la xenofobia, habría que recordar que los fantasmas del pasado pueden asomarse al presente en cualquier momento, sólo necesitamos pasar del rechazo al odio

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