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Sábado, 18 de agosto de 2018
Última actualización: Jueves, 16 de agosto de 2018 23:07
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Koldo Campo

Nada que objetar, mucho que agradecer

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El artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice textualmente: “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.¿Acaso existe algún país que viva con desahogo que suscriba actualmente este artículo? Evidentemente  no es en el que nosotros estamos, que invierte más en impedir que entren los inmigrantes, que en mejorar sus condiciones de vida.

Por eso Europa blinda su jaula de oro y “externaliza” sus fronteras llevándolas a las costas de África, comprando voluntades y subcontratando gobiernos para que hagan de vigilantes de la playa.

Pero aún con todo, tenemos un problema. Euskadi, por ejemplo, necesitará incorporar al menos 200.000 inmigrantes más  en las próximas tres décadas para cubrir la oleada de jubilaciones que se avecina a medio plazo, si queremos mantener los niveles de ocupación,  que se acercan al millón de personas. Vamos, que necesitamos trabajadores inmigrantes para procurar un reequilibrio entre población activa, la ocupada, y el número de pensionistas.

Lo que ocurre es que necesitamos trabajadores y resulta que vienen personas; personas que además de obligaciones también tienen derechos y necesidades…y eso no acaba de convencernos.

Nos gustaría que esos trabajadores estuvieran robotizados. Que una vez acabada su jornada laboral pudiéramos apretar el interruptor y apagarlos. Como no es posible (por el momento), surgen las tensiones en la convivencia. Entonces nos inventamos argumentos que sustenten nuestro etnocentrismo o, para ser más preciso, nuestro estúpido egoísmo.

Pero ¿qué sería de nuestros mayores si no tuviéramos inmigrantes que los asistieran?  Porque el 90% de los contratados como cuidadores de nuestros mayores ( y niños) son inmigrantes, muchos sin papeles.

¿Cuántos bares tendrían que cerrar sus puertas si no tuvieran un inmigrante sirviendo las mesas o limpiando la vajilla? ¿Acaso no son “nuestros” arrantzales, nacidos en Senegal o Perú, los que van a poner el besugo o las almejas en nuestra mesa de Navidad? ¿No son inmigrantes los que han recogido las uvas con las que se ha elaborado el cava con el que brindaremos por un próspero año nuevo? ¿Quién trabaja a destajo para remozar la fachada de nuestra casa o para adoquinar la enésima plaza de nuestra ciudad?

Como necesitar mano de obra extranjera parece que necesitamos, nos “defendemos” diciendo que son trabajadores que revientan el mercado laboral rebajando indecentemente sus salarios. Claro que no nos queremos preguntar, porque igual tenemos que hablar de nuestro vecino o de nuestra familia, si el auténtico responsable de tan ignominioso comportamiento es quien cobra lo que puede -porque no tiene más remedio- o quien se aprovecha de una situación de extrema vulnerabilidad para ganar más.

Como esta reflexión nos puede colocar ante el espejo, afirmamos con indignación que vienen a llevarse nuestras ayudas sociales. Pero esto, por mucho que nos empeñemos, no lo sostienen las cifras. El 75% de la población inmigrante está ocupada y el 50% de las personas empadronadas están afiliadas a la Seguridad Social. Además, sólo uno de cada cuatro percibe ayudas públicas, y no suele ser alguien que se “cronifique” en la percepción; para eso ya están los autóctonos. Por no abusar, ni siquiera utilizan los recursos sanitarios más que los vizcaínos, ya que van al médico con la mitad de frecuencia que nosotros. Pero incluso, aunque ejercieran una mayor “presión” sobre la asistencia pública, ¿acaso no defrauda más quien elude pagar impuestos o llega a acuerdos con el albañil que le ha cambiado la cocina de diseño para “ahorrarse” (y quitarnos) el IVA?

Ante esto, ¿qué otra objeción nos queda? ¡Que no son de aquí! Pero tampoco muchos de nosotros. ¿Quizás hemos olvidado de dónde vinieron nuestros padres, abuelos, bisabuelos y demás ancestros? Muchos fueron migrantes y ,los que no se movieron, medraron directa o indirectamente gracias a ellos.

El 18 de diciembre es el Día Internacional del Migrante; una celebración que, al menos, pretende hacer justicia, reconociendo y valorando la enorme contribución de todas esas personas en el avance económico, social y cultural de los países en todo el mundo.

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