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Koldo Campo

Tranquilos, que no nos contagiaremos

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Gandhi dijo que “el hambre es un insulto, humilla, deshumaniza, destruye el cuerpo y el espíritu, es el hecho más asesino que existe”.
Pero el hambre no es fruto de la fatalidad, de una desgracia sorteada aleatoriamente. Todos, por acción u omisión, somos responsables de que se extienda como la peor plaga que  padece la humanidad.
La pobreza, y el hambre que es su consecuencia más dramática, no es una simple cuestión de economía sino de derechos humanos. Los pueblos empobrecidos, en los que suceden la mayoría de las tragedias evitables, no necesitan ayuda, o no deberían necesitarla,  sino la reparación por los expolios cometidos, el reconocimiento de su derecho a cultivar, fabricar y exportar sus productos o a explotar sus propios recursos  sin tener que plegarse ante la injusticia de un mundo rico con multinacionales que ahogan a los productores locales, haciendo dumping con productos sobresaturados de subvenciones, o que esquilman todo lo que puede proporcionarles beneficios, aun a costa del sufrimiento de sus legítimos propietarios.
El hambre no tiene nada que ver con la superpoblación del planeta, ni con la corrupción de gobiernos locales, sostenidos por intereses espurios de países dominantes,  ni con desastres naturales, ni siquiera con la escasez de alimentos;  el hambre se ha convertido en un arma de destrucción masiva con la que someter  a comunidades enteras, en un efecto colateral de la codicia o de la insolidaridad de otros.
Mientras la mitad del planeta consume más del doble de las calorías que necesita, la otra mitad no tiene qué comer. En un momento en el que se producen muchos más alimentos de los que entre todos podemos engullir, la cifra de hambrientos aún resulta estremecedora y aunque es evidente que se han hecho avances todavía cerca de  800 millones de personas están en una situación de emergencia.

Y lo más inmoral es que al tercio rico del mundo le importa un bledo. En una descomunal y escandalosa “tomatina”  hemos despilfarrado millones y millones de dólares y euros para salvar las carteras de los más avariciosos y  desalmados personajes del planeta, cuando sólo con el 1% de todo lo que les hemos regalado hubiera servido para acabar con el hambre en el mundo.La situación es alarmante…para los que la sufren.

 

Estamos por lo tanto ante una epidemia para la que no hay vacuna,  ni nos importa que la haya, porque nosotros no estamos entre la población de riesgo.


 

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