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Koldo Campo

Los otros

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Parece que nos hemos acostumbrado a que se hable de pobres, de marginación e incluso de hambre sin que esas palabras provoquen reacción alguna. Por las calles circulamos los que sufren el problema y los miopes; en cuanto perdemos de vista nuestro círculo de confianza, nuestros intereses, no somos capaces de enfocar con nitidez y se nos difumina el entorno, así los excluidos acaban “invisibilizados”.
Ni siquiera nos preguntamos cómo es posible que ese inframundo de precariedad, de exclusión social, conviva junto a nosotros. Y, por lo general, son bolsas endémicas de marginación en las que se ven atrapadas numerosas personas que, en muchos casos, subsisten ajenas al bienestar de los demás.
El modelo de desarrollo que hemos asumido acríticamente, como si fuera el único posible, como si fuera inevitable, ha provocado cambios sociales tan enormes que han ido descomponiendo a la sociedad.
Por un lado están los que levitan en la estratosfera económica y política; son los que, desde su atalaya, dominan su entorno, alicatado por un trabajo estable y  bien remunerado.
En el segundo estrato  se amontona la mayoría de los trabajadores asalariados, profesionales pendientes de la hipoteca y ahora dubitativos, con el motor del consumo gripado por la desconfianza.
Y en este sistema de castas, descendemos al subsuelo, donde malviven los otros; pobres perpetuos, parados de larga duración, pensionistas y jubilados que viven de milagro, jóvenes sin trabajo e inmigrantes a los que empujamos a la marginación o explotamos para que nos hagan barato lo que nadie sin necesidades urgentes quisiera hacer. Son las víctimas que dependen de las ayudas públicas y no pueden distraer nada de lo poco que tienen para no acabar durmiendo a los pies de un cajero automático, en paradoja evidente del sistema.
Por eso es denunciable que gobiernos opulentos, que han presumido de tener superávits, no hayan sido capaces de establecer políticas urgentes para proteger a la población más vulnerable. No es admisible que persista una desigual distribución de la riqueza y una sociedad que incluso cuestiona el sistema de servicios sociales universales en cuanto le tocan el bolsillo; una sociedad gangrenada por el individualismo y la indiferencia.

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