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Fede Merino

¿De verdad quieres cambiar el mundo?

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Cambiar el mundo es un sueño que todos hemos tenido alguna vez. Generalmente no nos damos cuenta de que los sueños son muy rápidos y los cambios muy lentos. Y eso desanima al 99,9 % del personal soñador. Es una lástima, pero así son las cosas cuando la pereza o la cobardía entran por la puerta.

         Dicen algunos pensadores que la vida es utilitarista, y que sólo permanecen aquellas cosas que a largo plazo resultan más placenteras. Vamos, que sólo se adoptan cosas nuevas cuando producen más placer y durante más tiempo.

         Así que nos encontramos con un mundo poblado por miles de millones de personas y todas tienen sus propias ideas, y sus propias aspiraciones. Es aquí donde jugamos nosotros, aunque no nos demos cuenta, incluso aunque no queramos.

         Y empezamos a darnos cuenta de que los mercados fracasan cuando creíamos que eran estables. Hay que cambiar. De que muchos banqueros hacen apuestas ruinosas. Hay que cambiarlos. De que los gobiernos no gestionan bien la globalización. Hay que cambiar.

         No es extraño que cada vez haya más gente que cuestione esta democracia imperfecta de la que nos hemos dotado o este sistema económico que agranda las diferencias entre las personas. Unos quieren reformas, otros quieren revueltas, muchos piensan en alternativas.

         ¿Podemos realmente cambiar el mundo?. Si no podemos cambiar (eliminar) los paraísos fiscales, igual resulta que la respuesta es no. Si no podemos hacer que la transparencia sea una práctica ética profunda y no una publicidad engañosa, igual resulta que la respuesta es no.

         Digamos que la mayoría confía en que el sistema se regenere solo. Que el personal se rebele cuando bajen sus constantes vitales, es decir: cuando bajen sus niveles de seguridad y sus niveles de consumo. Ahí es donde se activan las protestas, a veces incluso las propuestas. Y también cuando todo amenaza con saltar por los aires, sin hacerlo nunca, porque la mayoría silenciosa da su aprobación a que las cosas sigan parecido.

         Efectivamente,  queremos que el mundo cambie, pero no estamos dispuestos a cambiar nosotros. Es un contrasentido demasiado grande como para saltárselo a la torera. ¿Qué se le va a hacer?, tampoco hay que ponerse tensos por una pequeña incongruencia en un mundo lleno de ellas.

 

 

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