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MIren Ruiz

India Bizira

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Cuando me embarqué en este proyecto de Alboan ONGD allá por Marzo, nunca
imaginé que su nombre (India Bizira), cobraría sentido para mí tantos meses después.
No ha sido hasta hoy que me he sentado a escribir esta crónica y me he puesto a
pensar un título, que este nombre (admito que siempre me ha gustado) ha adquirido
un verdadero significado para mí.
Y es que esa es la gran cuestión, ¿cómo se regresa de India a tu vida?
He pasado algo más de un mes en India, en el estado del Gujerat (situado al noroeste
del país), en pleno monzón. Un mes lleno de emociones, no siempre buenas, he de
ser franca. Y también de aprendizajes que aún no soy capaz de descifrar. Tengo muy
claro todo lo que he visto, oído, tocado, degustado y olido. Pero nadie me ha explicado
qué hacer ahora con todo ello.
Y eso que no me puedo quejar. He formado parte de un proyecto que es un regalo
para cualquiera. Un viaje acompañado desde mis expectativas, mis ilusiones, mis
identidades, mis conocimientos, hasta mi encuentro con otros en el corazón de la
India. Y regreso a mi ser, terminando con un retiro. Un recorrido muy bien orquestado
en el que sabía que nunca me dejarían de sostener. También sabía que la última parte
me tocaría a mi sola.
10 profesores y profesoras del País Vasco y Navarra nos adentramos de lleno en un
Ahmedabad que nos recibió con el caos de su tráfico, la humedad en el ambiente, el
calor sofocante, la suciedad en sus calles, la impunidad de los animales en ellas
(monos, camellos, elefantes, … y entre todos ellos, las imponentes vacas sagradas).
Pude sentir la vulnerabilidad de la que no entiende el idioma ni maneja su moneda, de
la que no puede beber su agua ni comer su picante, de la que se tiene que
embadurnar con repelente para los mosquitos…
Menos mal que esa sensación de choque cultural en el que te sientes como un
elefante en una cacharrería fue desvaneciéndose cuando nos dividimos en 5 colegios.
Yo fui al sur, a Subir. Allí, lejos de la ciudad, en pleno monte, en aquel ambiente rural,
fui poniéndole rostro a aquella India que me tenía abrumada. Fui encontrando mi sitio
en un medio, que a pesar de tantos contrastes, es el mío: el colegio.
Los Jesuitas en su comunidad, la chavalería y el profesorado en el colegio, las
hermanas vedrunas en su hospital y el trabajo social con mujeres fueron poniendo
rostro y nombre a toda esa realidad leída y razonada que yo traía del proceso
formativo anterior. Fui sintiéndome parte de ese país de intensos colores, de mujeres
duras de intensas miradas y profundos silencios.
He podido vibrar con sus canciones, con la vitalidad de una comunidad cristiana en
minoría, sencilla, familiar, acogedora,… que me ha permitido bucear en lo más
profundo de mí, y trascender al mismo tiempo. Otra de las cosas que me llevo de la
India: la increíble diversidad religiosa que se vive en un ambiente ardientemente
espiritual.
Y aquí estoy ahora intentando integrar lo vivido en mi rutina diaria. Ayer volví a mi
colegio en Muskiz, tras haber sido “otra profesora” en el colegio Navyot de Subir. Vivir
el día a día de la India, como profesora en un colegio, me ha dejado un poso agridulce.
Por un lado volví como loca de contenta por lo vivido, agradecida y con ganas de ver
a mi gente, comer nuestra comida, compartir el sinfín de anécdotas vividas, descansar
bien,… por otro lado y una vez pasada la euforia, ha quedado un silencio en mí.
Ese silencio profundo del Sur del Gujerat y sus campos de arroz.
Ese silencio que me conmovió al ver la mirada y medio sonrisa que me dedicaban los
alumnos y alumnas del colegio cuando me despedía, confío que contentos por
habernos conocido y los buenos ratos vividos, pero resignados ante la sensación de
sinsentido de nuestra marcha ahora que empezábamos a entendernos y tener
ilusiones compartidas.
Esas miradas se te graban muy adentro y ya no te dejan ser la misma. ¿Será la que
llaman la mirada de la India?

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