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Koldo Campo
Lunes, 26 de noviembre de 2018 | Noticia leída 9 veces

Violencia sin fronteras

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La violencia contra la mujer no conoce fronteras, ni geográficas, ni culturales, ni económicas. Nos alarma, como no puede ser de otro modo, la que ejerce el hombre sobre su pareja pero, como la hidra, esta violencia emerge mostrando sus muchas cabezas: discriminaciones múltiples, trata de mujeres y niñas, prostitución forzosa, abusos, violaciones, mutilaciones sexuales, asesinatos…una violencia selvática, la del depredador, más fuerte físicamente (y/o socialmente), sobre la pieza más vulnerable.
La violencia más generalizada, la que percibimos con horror, porque nos roza por lo cercana y nos conmociona por redundante, es la que se comete bajo el disfraz de una relación sentimental, cruel añagaza, la del falso cariño, que sólo es un arma más para someter a la víctima. Un vínculo emocional que el agresor utiliza para que la víctima desarrolle una especie de síndrome de Estocolmo. Una argolla que incomprensiblemente ata a la mujer maltratada con su sufrimiento y crea incluso, extraña paradoja, un lazo afectivo más fuerte entre víctima y victimario, tanto que se justifica su conducta o anima a retirar la denuncia que en un momento de desesperada lucidez se interpuso ante la policía; pero eso no significa que esas mujeres no sufran una parálisis o una retracción por el terror. Y aunque colectivamente estemos concienciados también debemos entender que individualmente el miedo ejerce de poderoso anestésico del sentido común.
Por eso debemos seguir actuando y arbitrando medidas de protección lo suficientemente “garantistas” como para que ninguna mujer tenga dudas sobre que quien la desprecia o la golpea no la quiere y que es más seguro salir de tan terrible situación.
A la mujer maltratada debemos garantizarle refugio, protección, atención, orientación jurídica y ayuda económica para que pueda reiniciar su vida, en muchos casos en soledad e incluso sin el apoyo familiar.
Hoy por hoy estas medidas están contempladas en las leyes, pero no sé por qué razón siempre hay un engranaje que chirría: una lectura restrictiva o desganada de la ley, una laxa actitud administrativa o policial, una resolución judicial que desbarra…Ayer conocimos que una mujer denunció a su expareja por intentar asesinarla. 15 meses después él está ya en la calle. El mismo tribunal que condenó a 'La Manada' por abuso sexual y no por violación, reconoce en los hechos probados que se trata de un caso de "homicidio en grado de tentativa", pero acaba condenando al agresor a 10 meses de prisión por "maltrato ocasional". al afirmar que el hombre desistió en su empeño "de forma eficaz", es decir, que no la mató. Esas interpretaciones de la justicia se hacen incomprensibles. Es complicado de explicar, pero parece que defenderse para que no le maten se convierte en un atenuante para el agresor porque no le hizo todo el daño que le podía haber hecho.

Una barbaridad. Un ejemplo más de que algo no funciona. Y más cuando más de 4500 mujeres en Euskadi precisan de algún tipo de protección de la Ertzaintza. No podemos entender estas situaciones  como normales. Está claro que  es necesario insistir en la sensibilización y en la educación como elementos imprescindibles para resituar al macho en una renovada sociedad que debe conquistar una convivencia en libertad y paridad, que supere cualquier desigualdad de género e instale el respeto a la dignidad de las personas como argumento que vertebre nuestras relaciones.

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