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Jueves, 13 de diciembre de 2018
Última actualización: Miércoles, 12 de diciembre de 2018 21:47
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Fede Merino

Mirando para otro lado

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         Un cortometraje, titulado “Uno”, del recientemente finalizado Festival de Cine Invisible de Bilbao (el nombre es una maravillosa y provocadora contradicción) impacta directo en el corazón. Un teléfono móvil, metido en una bolsa hermética de plástico suena en medio del mar.  Un pescador andaluz lo recoge y contesta la llamada. Al otro lado grita una mujer. El pescador no entiende el idioma. Luego habla otra mujer, esta sí habla castellano y entiende perfectamente lo que ha pasado. Le dice al pescador que ella es la mujer del dueño de ese teléfono, y que la otra mujer a la que ha escuchado es la madre, y le pide que mienta. No quiere  que la madre se entere, pide al pescador que mienta porque la verdad es demasiado cruel.

         Ese móvil que suena y que su dueño ya no podrá atender visibiliza como ninguna otra escena la tragedia de las pateras en alta mar o en baja costa. Nosotros estamos al tanto y aunque prefiramos no saber, no nos costaría nada ponernos en el lugar no ya de ese emigrante ahogado, sino en el de su familia que espera noticias y no volverá a tenerlas.

         Al parecer hay un grupo de familiares que a través de las redes sociales se pasan datos y fotografías de sus seres queridos. Tiene un objetivo muy distante del habitual de las redes que están más dedicadas al ocio y al narcisismo en cuanto a fotos y datos respecta. Estos familiares mandan fotos y documentos a la Guardia Civil para identificar a los suyos. La Guardia Civil también manda fotos: Las de los cadáveres rescatados, también para que los identifiquen.

         Cada día hay travesías, pero no hay noticias cada día. Ahora depende del espacio del que dispongamos los medios de comunicación y de la cuantía del rescate, quiero decir del número de  personas salvadas. Pero sobre todo del número de personas que no se han salvado. Ayer veíamos dos niños subsaharianos, supervivientes, plantados de pie y envueltos en mantas de la Cruz Roja. Sus miradas lo decían todo aunque ya no nos digan nada. Los periódicos ni siquiera les pixelaron las caras para preservar su identidad. Acaban de salvarse por los pelos y no tienen papeles, ni derechos, ni por supuesto dinero para poner una demanda de vulneración de derechos de imagen, honor,  privacidad, identidad, infancia segura y cualquiera de esas cosas que aquí nos entretienen tanto. Así todo yo creo que sí nos estaban demandando algo. Algo más de humanidad como mínimo,  habida cuenta de que ya prestamos menos atención a estos naufragios que a la clasificación de fútbol de tercera división.

         Está pasando. Son ese tipo de historias que recogidas y juntadas suman toda una epopeya que algún día alguien llevará al cine y entonces el público se mirará extrañado sin poder explicarse como algo así pudo haber pasado durante años ante la indiferencia general. Las historias terribles siempre nos pillan mirando para otro lado pero no es casualidad, pasan justamente por eso, porque miramos para otro lado.

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