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Redacción
Lunes, 8 de octubre de 2018

Sub y sobrealimentación: dos caras de la misma moneda

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Es necesario cambiar de forma drástica la forma en que nos alimentamos y pensamos en comida para evitar una mayor degradación ambiental e, incluso, las epidemias que derivan en grandes problemas de salud pública.

“Es increíble que, a pesar de los avances científicos y tecnológicos, sigamos teniendo esta brecha entre quienes comen demasiado y quienes no tiene suficiente”, observó Luca di Leo, director de relaciones con los medios de la Fundación Centro Barilla para la Alimentación y la Nutrición (Fundación BCFN).

Di Leo conversó con IPS en un foro sobre inseguridad alimentaria y posibles soluciones, realizado en el marco del 73 período de sesiones de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en Nueva York.

El número de personas que pasan hambre aumentó a 820 millones, en 2017, respecto de las 804 millones que había el año anterior, según el Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo, de 2018, y una cifra que no se veía desde hace casi una década.

De forma paralela y paradójica, la obesidad aumentó con rapidez en la última década, de 11,7 por ciento, en 2012, a 13,2 por ciento, en 2016. Es decir que en 2017, más de un adulto cada ocho, más de 670 millones de personas, eran obesas.

La obesidad en adultos y el ritmo de aumento es mayor en América del Norte, pero también se registra una tendencia al alza en África y Asia.

Los participantes del Foro Internacional sobre Alimentación y Nutrición subrayaron la necesidad de hacer frente a ambas formas de malnutrición, y señalaron como responsables a las dificultades de conseguir alimentos saludables.

“No es solo lo que tienen los alimentos, es el discurso sobre ellos; hay más de una forma de comer mal”, puntualizó el director del Centro de Prevención e Investigación de la Universidad de Yale, David Katz.

Muchos de los presentes en el foro observaron que no hay un consenso sobre qué es una dieta sana en un sistema alimentario sostenible.

“Sin objetivos para movilizar la acción colectiva, y también sin mecanismos para coordinar ni monitorear los avances, es muy difícil lograr un cambio de sistema masivo”, indicó Gunhild Stordalen, fundador de la Fundación EAT, una plataforma para la transformación del sistema alimentario.

En algunos países africanos hay suficientes alimentos, pero es el tipo de alimentos disponibles lo que cuenta. Casi la mitad de las niñas y los niños de las zonas afectadas por la sequía en el sur de Madagascar sufren malnutrición. Crédito: Miriam Gathigah/IPS.

En algunos países africanos hay suficientes alimentos, pero es el tipo de alimentos disponibles lo que cuenta. Casi la mitad de las niñas y los niños de las zonas afectadas por la sequía en el sur de Madagascar sufren malnutrición. Crédito: Miriam Gathigah/IPS.

Luchando contra el sistema

El consumo de azúcar y alimentos procesados que no son saludables aumentó, a pesar de las conclusiones del conocido documental “Supersize Me” (“Súper Engórdame”.)

Estados Unidos tiene el mayor consumo de azúcar entre 34 países sondeados en 2017, según el Índice de Sostenibilidad Alimentaria de la Fundación BCFN.

En ese país, una persona consume más de 126 gramos de azúcar al día, el doble de la ingesta diaria recomendada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El problema no es solo la obesidad, sino el aumento de las enfermedades cardiovasculares y la diabetes.

“El número de años perdidos por deficiencias nutricionales y enfermedades cardiovasculares aumenta de forma pronunciada en Estados Unidos”, indicó Leo Abruzzese, de la Unidad de Inteligencia Económica, encargada de realizar el índice.

“Una de las exportaciones menos impresionantes de Estados Unidos es la mala nutrición. La gente no necesariamente muere, sino que tiene una mala vida. En esas circunstancias, ¿no cree que habría que hacer algo?”, preguntó a IPS.

El índice también concluyó que el consumo de carne y grasas saturadas en Estados Unidos es de los mayores del mundo, lo que contribuye a una dieta poco saludable e, incluso, al cambio climático.

Según la Universidad de la ONU, las emisiones del ganado representan casi 15 por ciento de los gases contaminantes liberados a la atmósfera. Y juntos, la carne y los productos lácteos, representan 65 por ciento de lo que emite el ganado.

De hecho, los criadores de animales van rumbo a convertirse en los mayores contribuyentes al cambio climático, superando así a la industria de combustibles fósiles.

Pero es posible lograr dietas saludables y sostenibles, observó Stordalen.

Aparecen alternativas a la carne, que podrían transformar lentamente la industria cárnica y de comida chatarra.

Los consumidores ahora podrán encontrar “hamburguesas imposibles”, sin carne, en muchos restaurantes y cadenas de comida rápida como White Castle.

ONU Medio Ambiente otorgó el premio Campeones de la Tierra a las compañías estadounidenses veganas Beyond Meat e Impossible Foods.

“Las opciones de alimentos sostenibles comienzan a verse y saber bien, lo que antes no ocurría”, observó Stordalen.

“Una vez que la gente prueba el gusto bueno de mejores soluciones, no solo se les empieza a antojar, sino que reclaman un futuro mejor. Se juntan para concretarlo”, añadió.

Respecto del índice, “al recolectar todos esos indicadores, básicamente tenemos un marco para lo que creemos que debería ser un buen sistema alimentario”, destacó Abruzzese.

Un problema de poder

La falta de acceso a alimentos saludables y sus consecuencias también se puede sentir en el otro extremo de la cadena alimentaria: los productores.

Las mujeres representan 60 por ciento de la mano de obra agrícola en África, pero les cuesta acceder a semillas de calidad, fertilizantes y maquinaria. Asimismo, suelen hacerse cargo de su hogar, de los niños y de la cocina.

La desigualdad de género también contribuye a la mala calidad de la nutrición de los hogares, lo que genera problemas de crecimiento y desarrollo en los niños.

Los participantes del foro subrayaron la necesidad de empoderar a las mujeres rurales y hacer frente a la desigualdad de género en la agricultura para mejorar la seguridad alimentaria y nutricional y crear sociedades sostenibles.

“Lo contrario al hambre es poder”, observó Raj Patel, profesor e investigador de la Universidad de Texas, señalando el caso de Malawi.

En ese país de África subsahariana, más de la mitad de los niños sufren malnutrición crónica. La cosecha de maíz, producto básico en Malawi, se destina a las mujeres encargadas de las tareas de cuidado.

En un pueblo del norte, se hizo frente al problema mediante el proyecto de Suelos, Alimentos y Comunidades Saludables, que logró resultados extraordinarios.

Además de diversificar los cultivos, el proyecto reunió a mujeres y hombres para repartirse el trabajo en la cocina y en el cuidado de otras personas.

No solo lograron la equidad de género en la agricultura, sino que también disminuir de forma drástica la malnutrición infantil.

“Tenemos que valorar el trabajo de las mujeres”, subrayó Patel.

El futuro de los alimentos

Arreglar el sistema alimentario no es fácil, pero hay que hacerlo, coincidieron los presentes en el foro.

“Conocemos los problemas, también identificamos las posibles soluciones, y la principal de ellos está en todos y cada uno de nosotros”, observó Di Leo, en diálogo con IPS.

“La producción saludable vendrá si los consumidores reclaman comida saludable. Y esta vendrá si el consumidor tienen derecho a la educación y la información”, observó Di Leo.

Por ejemplo, mucha gente no ve o no conoce la relación entre alimentación y cambio climático, apuntó.

De hecho, un estudio de 2016 concluyó que no había conciencia de la asociación entre consumo de carne y cambio climático, así como una resistencia a la idea de reducir el consumo personal de carne.

“El estado del sistema alimentario mundial requiere una nueva colaboración para la acción”, observó Di Leo.

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