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Anis Chowdhury y Jomo Kwame Sundaram
Domingo, 23 de septiembre de 2018

Otra crisis acecha a los países del Sur en desarrollo

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[Img #18398]George Soros, Bill Gates y otros entendidos prevén otra crisis financiera, que esta vez podría explotar desde los países emergentes del Sur en desarrollo, y algunos hechos registrados en los últimos tiempos justifican los temibles pronósticos.

En su último libro “Revolution Required: The Ticking Bombs of the G7 Model (“Revolución necesaria: Las bombas de tiempo del modelo del G7”), Peter Dittus y Herve Hamoun, exfuncionarios del Banco de Pagos Internacionales, alertaron sobre “bombas de tiempo” en el sistema financiero mundial que están listas para explotar, principalmente debido a las políticas de los grandes países ricos.

Muchas divisas de mercados emergentes están bajo una enorme presión, con la rupia indonesia e india y el rand sudafricano, todas en dificultades desde principios de este año.

El real de Brasil cayó en junio, y Argentina no logra estabilizar el peso, a pesar de la asistencia del Fondo Monetario Internacional (FMI). Mientras a Turquía le cuesta estabilizar su lira, la exposición de muchos bancos europeos eleva el miedo a la ocurrencia de otra crisis financiera.

Anis Chowdhury

Anis Chowdhury

¿Por qué hay vulnerabilidad?

Algunas deficiencias fundamentales están en el corazón de la vulnerabilidad. Entre ellas, se destaca el “no sistema” financiero internacional desde el colapso del que había desde la época de Bretton Woods, de 1971, y el continuo uso del dólar estadounidense como la principal moneda de reserva.

Eso genera una carga para los países deficitarios con respecto a los excedentarios, y garantiza una vulnerabilidad casi universal frente a las políticas monetarias de Estados Unidos.

Por ello, muchos países acumulan dólares como precaución, por ejemplo como forma de “protección”, y desechan otras opciones, como invertir en proyectos socialmente deseables.

Las autoridades no solo no pudieron hacer frente a las debilidades tras la crisis financiera y económica de 2008-2009, sino que también se agravaron otros problemas.

Al haber desechado intervenciones más sólidas y políticas fiscales más sostenidas, la política monetaria se volvió virtualmente el único instrumento para superar los problemas.

Los grandes bancos centrales, encabezados por la Reserva Federal de Estados Unidos, se embarcaron en “políticas monetarias no convencionales”, presionando a la baja las tasas de interés reales, incluso en territorio negativo.

Las economías emergentes y en desarrollo que ofrecen retornos más altos, experimentaron grandes flujos de capital de corto plazo.

La deuda externa de las economías emergentes creció más de 40 billones (millón de millones) desde la crisis pasada.

La deuda combinada de los 26 mercados emergentes más grandes aumentó de 148 por ciento del producto interno bruto (PIB) a fines de 2008, a 211 por ciento, en septiembre de 2017, según el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF, en inglés).

El dinero fácil elevó la deuda de los hogares y de las empresas, aumentando la pobreza y las burbujas de precio de los activos financieros.

Según el “Monitor Fiscal” de abril de 2018, que realiza el FMI, la deuda global se disparó a 164 billones de dólares, 225 por ciento del PIB mundial, muy por encima del 125 por ciento del PIB registrado antes de la crisis de 2008.

El IIF, señala que la deuda se elevó a más de 247 billones de dólares a principios de 2018, es decir el equivalente a 318 por ciento del PIB.

Elevar los niveles de deuda implica grandes riesgos de pérdidas para la economía global. Al terminarse la llegada de dinero fácil, debido a que el Sistema de Reserva Federal sigue “normalizando” la política monetaria elevando la tasa de interés, el flujo de capital hacia Estados Unidos socava las divisas de los mercados emergentes.

Cuando la falta de pago de la deuda aumenta con las tasas de interés, mientras el crecimiento de los ingresos sigue moderado, el mundo se vuelve más vulnerable a una crisis financiera.

Jomo Kwame Sundaram. Crédito: FAO/Alessia Pierdomenico.

Capacidades disminuidas

Tanto los países ricos como en desarrollo tienen menos espacio político que durante la crisis de 2008. La mayoría de los gobiernos están limitados por deudas mayores tras los rescates generalizados debido a la falta de esfuerzos para sostener una recuperación sólida.

Según el informe de FMI de este año, el promedio de la deuda pública de las economías avanzadas era de 105 por ciento del PIB en 2017, lo que limita la capacidad fiscal para responder a la crisis.

Mientras, las políticas monetarias están exhaustas luego de una década de acciones “no convencionales”.

Los ratios generales entre deuda y PIB de los gobiernos en los mercados emergentes y las economías de medianos ingresos casi llegaron a 50 por ciento en 2017, un nivel solo visto durante la crisis de deuda de la década de los años 80.

La proporción registrada en 2017 superó 40 por ciento en los países en desarrollo de bajos ingresos, trepando más de 10 puntos porcentuales desde 2012.

“Jugando con fuego”, de Yilmaz Akyüz, exdirector del Centro Sur, subraya las vulnerabilidades autoinfligidas de los países en desarrollo.

La ratio entre deuda pública y PIB en las economías emergentes y en desarrollo podría aumentar debido a la caída del precio de las materias primas y el estancamiento del mercado global, cuando casi no tienen independencia en materia de política monetaria debido a la profunda integración financiera mundial.

Crecimiento mundial débil

Cuando distintos sectores empresariales han estado ocupados con fusiones, adquisiciones y recompra de acciones con créditos baratos, en vez de invertir en la economía real, el sector financiero logró describir a la deuda pública como el “enemigo público número uno”.

Rehén del capital financiero, los gobiernos desperdiciaron la oportunidad de mejorar las capacidades productivas invirtiendo en infraestructura y bienes sociales cuando las tasas de interés reales estaban en niveles bajos históricos.

Ubicándose en torno a 24 por ciento del PIB mundial, la tasa de inversión global sigue estando por debajo del nivel anterior a la crisis, de 27 por ciento, con tasas de interés en los países emergentes y en desarrollo en caída o estancadas desde 2010.

Al no hacer frente a la caída del componente salarial en el PIB, al aumento de los salarios de los ejecutivos y a las burbujas en los precios de los activos debido a las políticas monetarias “fáciles”, estos siguieron empeorando la creciente desigualdad de ingresos y la concentración de la riqueza.

Mientras, los recortes drásticos en el gasto del Estado y en los servicios públicos, a la vez que se reducen las tasas máximas de impuestos, generan malestar y resentimiento, a menudo atribuidos al “otro”, lo que contribuye a la propagación del “etnopopulismo”.

A su vez, las crecientes desigualdades limitan la demanda agregada, mantenida por el aumento no sostenible de la deuda de los hogares, es decir la “inclusión financiera” perversa.

¿Tormenta perfecta?

La turbulencia de los mercados de divisas se debe al limitado espacio para políticas económicas de los países en desarrollo. Una década después de la crisis de 2008, esos estados todavía experimentan tasas de crecimiento e inversión bajas.

Los sectores financieros de las economías de mercados emergentes tienen ahora más, y más profundos, vínculos con los mercados internacionales, lo que también se refleja en la gran participación extranjera en las acciones y los bonos del gobierno, con una gran salida repentina de capitales, que causan crisis financieras.

Mientras, la última caída del precio de las materias primas aceleró el aumento del endeudamiento de los países de bajos ingresos.

Según el informe del FMI, 24 de 60 países (alrededor de 40 por ciento) ya sufren una crisis de deuda o tienen una gran vulnerabilidad, el doble que hace cinco años, con algunos, incluso, ya buscando fondos para emprender rescates financieros.

El problema se agrava por la disminución de la ayuda sin concesiones de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)

Además, más acreedores dejaron de formar parte del Club de París, obligados a lidiar con la deuda soberana en términos menos onerosos. Mientras, el comercio creciente y los conflictos de divisas empeoran las dificultades de los que ya están en peores condiciones.

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