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Alicia Alemán Arrastio

Paradojas de la acogida y la integración

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¿Qué son todas esas banderas amarillas que cuelgan de los balcones? Hasta en tres ocasiones varias personas extranjeras de paso por Bilbao me han preguntado por la icónica bandera amarilla de ongi etorri errefuxiatuak. En las tres ocasiones me encontraba cerca del Mercado de la Ribera en Bilbao, haciendo de guía turística.  En las tres ocasiones he respondido igual: es una muestra de apoyo social a la acogida de más personas refugiadas a Euskadi. Y me he puesto seria.

 

He de confesar que en las tres ocasiones la pregunta me ha dejado destemplada. He sabido responder con la debida indignación y contundencia: “El anterior gobierno español no hacía nada por las personas refugiadas”. “Incumplía sistemáticamente los acuerdos que había firmado”.   “Y qué vamos a decir de la Unión Europea y de sus acuerdos con Turquía”. Un horror. Pero la sociedad vasca es solidaria y  sus instituciones también han manifestado una mayor voluntad que el gobierno central de acoger a personas refugiadas. Y, sin embargo, después de semejante respuesta buenista y militante, me ha llegado el destemple procedente de mi vocecita interior, nire mintzoa,  siempre menos contundente.

 

Porque yo misma sé que la acogida y la integración de las personas refugiadas, en la sociedad vasca o en cualquier otra sociedad, es una cuestión más compleja y delicada de la que, en el fondo, poco sé. Es por eso que el último informe titulado ¿Acoger sin integrar? de la Universidad de Deusto, el Servicio Jesuita a Migrantes y la Universidad de Comillas , me está  ayudando gestionar un poco mejor mi fastidiosa voz interior. Y, en definitiva, me está ayudando a comprender con más cabalidad este gran desafío que implica entender mejor lo que supone acoger e integrar a las personas refugiadas, a las migrantes y a todas las personas vulnerables en general. Así, la próxima vez que alguien me pregunte por las banderas amarillas del ongi etorri errefuxiatuak, responderé  igual, pero introduciré algunos matices.  Volveré a subrayar la solidaridad vasca, pero también hablaré de otras cuestiones controvertidas que explican en cierta medida por qué se titubea tanto con las cuestiones del refugio y la migración. 

 

Uno de los principales hallazgos que he interiorizado después de leer el informe es que hay poco conocimiento de lo que sucede en la realidad cuando las personas refugiadas son acogidas y empiezan a ser beneficiarias del sistema de acogida e integración (llamado SAI). Tanto en los medios de comunicación tradicionales como en los alternativos hablamos mucho de números y de porcentajes de personas refugiadas de uno u otro país, y nos indignamos mucho con el gobierno, pero apenas sabemos y comunicamos sobre procesos administrativos,  marcos legales y trayectorias personales.  Y así es como se activa mi voz interior, nire mintzoa, esa que insiste en conocer mejor la realidad y en analizarla más allá de los eslóganes. Los otros tres hallazgos importantes que extraigo del informe son: 1. Que el gobierno español ha incumplido sistemáticamente sus compromisos. 2. Que hasta el momento ha denegado la mayoría de las solicitudes de asilo y 3. Que España no es un lugar especialmente atrayente para las personas refugiadas, a pesar de las muestras sociales de solidaridad. Lo primero ya lo sabíamos, hasta que ha llegado este nuevo gobierno y nos ha sorprendido con la decisión del Aquarius. Lo segundo ya no tanto, y tendremos que valorar cómo cambia la gestión de asilos con este nuevo gobierno. Pero lo tercero es lo que me tiene integrada.

 

España no es país para refugiados, a pesar de la ola de solidaridad de sus gentes y la notable buena convivencia con otras culturas que existe en sus calles y ciudades. ¿Qué es lo que verdaderamente pasa? ¿Qué hay detrás de todo esto? Parecemos una sociedad bastante solidaria y bastante menos racista de lo que puede verse por otros países del Norte. No existen partidos de ultra derecha que proclamen de manera tan abierta que las personas refugiadas traen el riesgo del terrorismo, que vienen para llevarse las ayudas sociales y que nos quitan el trabajo que no existe.  Tampoco están tan extendidas las narrativas ultraliberales de la indiferencia: “ese no es nuestro problema” o “ya tenemos bastante con lo nuestro”. 

 

Curiosamente, entre la multitud de factores que explican esta paradoja destacan las 3 grandes “piedras en el zapato” que nos afectan como sociedad: i) el trabajo, ii) la vivienda y iii) el sistema de ayudas sociales. La lectura del informe permite empezar a encajar algunas piezas: el mercado de trabajo es rígido, inflexible, injusto, además de notablemente racista e ineficaz. Hay personas refugiadas cualificadas que no consiguen un trabajo ajustado a su perfil educativo porque convalidar los papeles es casi imposible. Hay empresas que exigen personas sin acento para trabajar. Jornadas laborales imposibles, sueldos miserables,  informalidad y precariado.  Al mercado de la vivienda le pasa algo similar: demasiado difícil, racista, caro e ineficaz. País de viviendas vacías y de pisos compartidos abarrotados concentrados en la periferia. Finalmente, el sistema de ayudas sociales: bienintencionado, pero demasiado burocrático, rígido e ineficaz.

 

No seré yo la que diga que existen fórmulas mágicas para resolver la cuestión de la vivienda, el trabajo y el sistema de ayudas sociales en España y en Euskadi. Mi voz interior me impide decirlo. Lo que sí puedo decir es que esas tres dificultades angulares son las que primero golpean a las personas refugiadas que queremos acoger e integrar. Para después golpearnos a nosotras mismas, en estricto orden de nivel de vulnerabilidad del que partimos cada persona o grupo social.  Existen abundantes ideas, propuestas y personas dispuestas a acoger e integrar. Estudiémoslas con atención: es lo que está en nuestras manos para verdaderamente poner en práctica el ongi etorri errefuxiatuak y el ongi bizi  para todas las personas.

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