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Koldo Campo
Miércoles, 20 de junio de 2018

Humanidad envenenada

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Hoy se celebra el día mundial del refugiado. Una jornada etiquetada para recordarnos que más de 68,5 millones de personas viven desplazadas de sus lugares de origen como consecuencia de las guerras, los conflictos armados, la violencia… y un gran número se encuentra en África; un continente al que le toca todo, algo que no es producto del azar.

Es terrible que alguien tenga que dejar atrás todo lo que tiene, familia incluida, para no perder la vida; pero no es menos terrible encontrarse las puertas cerradas de países a los que se les llena la boca diciendo que son faros de libertad, democracia y solidaridad, cuando en realidad se pasan los días endureciendo sus políticas de asilo. Y eso que el refugiado es alguien que siempre vuelve la vista atrás y busca la repatriación voluntaria, una vez que su país de origen recupera la normalidad, aunque esté devastado.

Las estadísticas indican que resulta muy improbable que a alguien se le reconozca como refugiado, y por lo tanto como inmigrante protegido. Pero ¿por qué existen tantas restricciones a reconocer ese derecho? La mayoría de los refugiados del mundo son mujeres y niños. Por lo general, son víctimas de países asolados por la pobreza, y ahí reside uno de los primeros problemas.

Sin duda, muchos desastres humanos hubieran sido menores si se hubiese otorgado la debida protección legal a las personas que huían de conflictos, que en la mayoría de los casos queda desplazada en el interior de un país que se desintegra por las guerras intestinas. Y aquellos que logran cruzar la frontera se encuentran con países que ponen numerosas trabas para no reconocerles derecho alguno, porque los refugiados legalmente tienen derecho incluso a la asistencia material y ayuda jurídica.

Demasiadas exigencias para unos países ricos que se creen invadidos, y eso que la mayor cantidad de refugiados se encuentra en países pobres, pero los ricos tenemos miedo a que entre refugiado y refugiado se nos metan inmigrantes económicos -como si hubiera alguna diferencia-. Porque quien huye de un país en guerra para que no le maten no parece diferenciarse del que huye de un país cualquiera para no morir de hambre, e incluso los países ricos podemos promover guerras o conflictos armados pero no aceptaríamos jamás que nos llegara, por ejemplo, un barco de refugiados sirios…e Italia es sólo la punta del iceberg

Es difícil diferenciar entre refugiados, solicitantes de asilo, apátridas o inmigrantes en situación irregular… el problema legal de tener que garantizarles un empleo y asistencia social a los que huyen de expulsiones masivas o limpiezas étnicas hace que cerremos voluntariamente los ojos, antes de que alguien pueda “aprovecharse” y cometer el supuesto delito de querer sobrevivir económicamente entre nosotros. Por eso somos capaces de forzar el regreso de los que piden refugio, aunque a su vuelta se enfrenten a una persecución. Es parte de nuestra inmoral hipocresía. Si hay algo que los ricos hemos olvidado es qué significa la palabra generosidad; algo que es de lo poco que aún les queda a países que nada tienen, pero que incluso azotados por la pobreza abren sus puertas para el reasentamiento de refugiados, sin duda porque al no tener riqueza material que conservar no se les ha envenenado la humanidad.

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