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Fernando Fantova

Una teoría del cambio para nuestros servicios sociales

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Cuando los diferentes agentes interesados en desencadenar transformaciones estratégicas en un determinado ámbito de la vida social expresan sus propuestas o toman decisiones, de forma más o menos elaborada, consciente, compartida o explícita, dan pistas acerca de su “teoría del cambio” (Carol Weiss), es decir, de la manera en que construyen cognitivamente las relaciones causa-efecto entre los factores o aspectos que está en su mano modificar o alterar mediante sus actuaciones y las posibles o previsibles cadenas de efectos de dichas actuaciones, en un marco dado de supuestos y restricciones.

En el sector de los servicios sociales en nuestro país, hace diez años, posiblemente, muchos agentes entendimos que la garantía legal del derecho subjetivo (exigible y justiciable), asociada a catálogos y carteras de prestaciones y servicios de responsabilidad pública y a un incremento sostenido de la inversión social en estas actividades y estructuras conduciría (en una década, más o menos) a nuestros servicios sociales a un grado de universalización efectiva y a un tipo de posicionamiento ante la ciudadanía similar al que tenían en ese momento la sanidad, la educación o las pensiones (y por eso hablábamos del cuarto pilar).

Posiblemente no son pocos los agentes que, en este minuto, mantienen básicamente intacta esa teoría del cambio, entendiendo que ha sido la pinza entre el agravamiento de las necesidades y las limitaciones presupuestarias derivadas de la crisis económica vivida en la última década (o, en todo caso, establecidas políticamente) la que ha impedido o retrasado la prevista eclosión de nuestros servicios sociales.

Una visión alternativa a esta, sin embargo, sostendría que inyectar recursos y garantizar prestaciones sin imprimir un giro estratégico a los servicios sociales realmente existentes podría más bien, en una suerte de más de lo mismo, estar acentuando (o hacerlo en el futuro) las ineficiencias y disfunciones del sistema y, paradójicamente, alejarlo de las deseadas metas de impacto, universalidad y reconocimiento.

Desde este punto de vista, el factor clave de éxito podría tener que ver, más bien, con la capacidad de las nuevas regulaciones jurídicas y las nuevas líneas de inversión social para desarrollar (e ir incrementando la escala de) una nueva generación y un nuevo ecosistema de productos, cuidados, aplicaciones, apoyos y plataformas (fundamentalmente virtuales, domiciliarias y de medio abierto), basadas en el conocimiento, al servicio del desenvolvimiento autónomo y autodeterminado de todas las personas en su vida diaria y cotidiana, en el seno de relaciones familiares y comunitarias diversas y deseadas.

En esta teoría de cambio alternativa, el elemento más posibilitador del cambio deseado sería más bien la innovación en unos procesos operativos de intervención social de creciente valor añadido, unida, seguramente, al ensayo y despliegue de modelos de gestión capaces de crear más valor público articulando a diversos agentes y de procesos de gobernanza integrada intersectorial de ámbito territorial adecuado que hagan posibles los itinerarios vitales de todas las personas.

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