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Fernando Fantova

Una forma de contar la historia del mundo, con final feliz

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Érase una vez una comunidad. Interactuaba con su entorno natural, del que tomaba recursos, que transformaba y compartía para posibilitar la vida de sus miembros, que cuidaban unos de otros.

Llegó un día una persona de otra comunidad cercana, con una propuesta: “Ustedes tienen manzanos y ovejas. Les proponemos especializarse en los manzanos y nosotras lo haremos en las ovejas. Al final de cada año les daremos diez ovejas y nos entregarán diez sacos de manzanas. La especialización nos permitirá ser más eficientes, es decir, mejoraremos la producción trabajando menos”. La propuesta fue aceptada y se llevó a la práctica, año tras año.

Un año, la comunidad especializada en manzanas llegó sólo con cinco sacos, diciendo: “Hasta dentro de seis meses no podremos traer los otros cinco”. “No hay problema”, dijeron las representantes de la otra comunidad. “Les daremos un papelito que diga “Vale por cinco sacos de manzanas”” dijo la comunidad que quedaba en deuda, recibiendo como respuesta: “Un papelito, ¿para qué?”. “Funcionará”, afirmaron desde la comunidad que acababa de inventar el dinero.

En más y más transacciones entre esas y otras comunidades y al interior de las propias comunidades empezaron a utilizarse esos papelitos. De suerte que llegó un momento en que todos los intercambios del mundo llegaron a ser de bienes por papelitos y ninguno de bienes por bienes: toda la economía mercantil del mundo se había monetizado.

Entonces alguien dijo: “Necesitamos una autoridad central que diga cuántos papelitos puede haber, en función del valor de todos los bienes objeto de intercambio”. Y se inventó el Estado.

Un día, una persona se quedó sin papelitos y le dijo a otra: ¿Me prestas cinco papelitos? Te los devolveré en cuatro meses”. Y la respuesta fue: “Te presto cinco papelitos, pero dentro de cuatro meses me darás seis”. A partir de ese momento el dinero dejó de ser, únicamente, una representación del valor de los bienes producidos e intercambiables, para empezar a ser valorado en sí mismo.

En ese momento el Estado se dio cuenta de que podían existir más papelitos en circulación que aquellos que representaban el valor de bienes tales como manzanas y ovejas y que, del mismo modo que el propio dinero era valorado por sí mismo, podía conseguir que las personas consideraran valiosos otros productos, alguno de los cuales el propio Estado podía proporcionar. El Estado se dio cuenta entonces de su inmenso poder: establecía el número de papelitos en circulación, resultaba determinante en la creación de una parte del valor representado por dichos papelitos y, por si fuera poco, podía recaudar de la gente aquellos papelitos que estimara oportuno por los bienes que él mismo producía.

Algunas personas se dieron cuenta de este inmenso poder del Estado y pensaron que les interesaba controlarlo para conseguir que los bienes que ellas producían fueran considerados más valiosos. E idearon una estrategia envolvente para conseguirlo, dividiéndose en dos grupos: un grupo accedería al Estado presentándose como éticos representantes del Bien Común y las personas del otro grupo lo harían como poseedoras del conocimiento científico de las Leyes Naturales del Mercado.

La alianza de estos dos grupos consiguió para sus miembros riquezas nunca soñadas, que los embriagaron, de suerte que se alejaron de sus comunidades de origen y llegaron a convencerse y a convencer a muchas personasde que se podía poner un precio a todos los bienes, a todas las relaciones entre las personas y a todos los recursos naturales. El capital contra la vida.

Afortunadamente esto ha alarmado a muchas personas que, rechazando la pasividad o la complicidad, se están uniendo para cuidar de naturaleza y de las relaciones comunitarias y para, desde su vida cotidiana y desde el Estado, domesticar al mercado y garantizar a todas las personas el acceso a los bienes necesarios y a formas de vida cada vez más valiosas, vidas a las que nadie podrá poner precio.

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