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Redacción

Los números de la muerte

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Hace un par de semanas el Mediterráneo amaneció alfombrado de cadáveres. Salvo por el número de muertos,  nada fue distinto a otras tragedias que se han repetido tantas veces que han llegado a insensibilizarnos. La historia que viene sucediéndose desde hace lustros apenas difiere en los matices.

 

Una patera atestada de personas, cargada de sueños, sale de las costas de África, ahora en concreto de Libia, un país asolado por el caos, y quienes huyen del conflicto, de la miseria ven frustrado su viaje. El barco de la esperanza, de las ilusiones, se torna, por un golpe de mar, en un ataúd flotante que acaba hundiéndose o reventado contra las rocas.

 

Recuerdo hace unos años un drama que personalmente me sobrecogió, aunque no era sino uno de tantos que tuvo lugar frente a las costas de Cádiz. En aquella ocasión, el tanatorio de Los Barrios apenas fue suficiente para acoger a tantos muertos, muchos de ellos jóvenes que habían residenciado en su viaje las esperanzas de su familia, de sus amigos, y que dejaron atrás una vida para intentar construirse otra.

 

Pero sus proyectos se ahogaron con ellos. Y entonces, empezó su otra travesía.

 

Hasta 24 cadáveres fueron repatriados, a medida que fueron reclamados por sus familias. Pero los demás, hasta 12, se convirtieron en seres anónimos por los que nadie lloró. Reconozco que se me partió el corazón cuando descubrí que fueron enterrados bajo una losa en la que se esculpió un frío y angustioso epitafio:

“Naufragio de Rota. 25. 10. 2003″.

 

Y a continuación un número, el que asignaron a cada cuerpo, hinchado por el mar y vaciado de vida, según el orden en el que apareció tendido en la arena.

 

Nadie sabe quiénes descansan bajo esas lápidas, de ellos sólo conocemos que consiguieron llegar a la tierra de promisión, aunque nunca imaginaron que la tendrían a paladas. Tampoco conocemos la identidad de muchos de los que acaban sirviendo de pasto para los peces en el fondo del mar. Por desgracia el futuro de unos y de otros sigue siendo el mismo que, aún hoy, les espera a muchas personas que cada día toman la decisión de partir rumbo a una oportunidad.

 

No se les oculta que el camino es difícil e incierto, incluso que sus posibilidades son escasas y que a este lado nadie les espera con los brazos abiertos, porque nuestra “bienvenida” ofrece la empatía de un frontis, que sólo aspira a devolver lo que le llega. Es parte de nuestra ceguera, la que nos convierte en responsables subsidiarios, la que nos impide ver que ni las leyes n ni las alambradas  ni los policías ni los ejércitos  impedirán que lo sigan intentando. Y la razón hay que buscarla en lo que a nosotros nos mantiene anclados en nuestra tierra. Porque si fletáramos una patera en la playa de Plentzia,  y la pusiéramos a disposición de quien quisiera utilizarla, nadie embarcaría en ella.

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