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Fede Merino

Sin ensuciarse las manos

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Hace más de un siglo desde que más de un centenar de mujeres murieran abrasadas dentro de la fábrica por cuyas insoportables condiciones laborales protestaban. El incendio fue provocado y aún no ha sido sofocado. En el mundo, el de la igualdad de derechos en general y el de las mujeres en particular sigue siendo un incendio. En los países más pobres un infierno, disimulado de cultura y tradición, y aquí un pulso que no permite la relajación.

 

         Las cifras de la violencia machista siguen siendo un estremecedor grito doméstico y  desconsolado, y la coeducación sigue siendo la mejor herramienta en nuestras manos para poner fin a la infinidad de machismos existentes. Pero fuera de las aulas campan a sus anchas las letras del reggaetón, los estereotipos sexualizadores de las grandes estrellas femeninas de la industria musical, la moda, la publicidad y el consumo que convierten a la mujer en objeto y que se imponen entre niños y adolescentes de ambos sexos.

 

         Hay una fuerza muy poderosa que demanda resultados y que no contempla mujeres ingenieras u operadoras industriales porque ellas mismas, siguiendo el guión, han descartado esas posibilidades para centrarse en otras que ofrecen rasgos más homologables a lo que de una mujer se espera. Incluso hay una cultura del engaño enseñando el camino sexualizado por el que las cosas se consiguen antes y mejor con “modelos” asomando a todas las pantallas, a todas las páginas, a todos los anuncios, a todas las portadas, junto a los coches en venta, junto a los vencedores masculinos en las contiendas, como premio y como adorno.

 

         Se van haciendo cosas, y dando pasos, así es la educación, de velocidad lenta pero segura, de logros diferidos y expuesta a que un suceso, una campaña, una desviación, una moda o una metedura de pata  arruine el esfuerzo por una sociedad más igualitaria. Hay razones para estar orgullosos y orgullosas pero también hay nuevas razones para estar preocupados y preocupadas porque tan difícil como conseguir los derechos es luego mantenerlos estando tensos, vigilantes, atentos.

 

         Las mujeres tienen que sentir que su día no es uno, que son todos y saben que tienen tantos adversarios masculinos como femeninos en el mantenimiento diario de las conquistas sociales. Lo que aquí es un acoso o una agresión a muchos kilómetros es un feminicidio sistemático. Esos sitios donde nacer mujer es una mala suerte están unidos con estos en los que todavía es una desventaja. Les une la misma falta de consideración y de respeto, les une la misma falta de amor, la misma cosificación, el mismo sentido de pertenencia a una sociedad masculina por decreto humano. Ignorar todo esto es una forma de matar pero sin ensuciarse las manos.

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