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Koldo Campo

Por una convivencia en libertad y paridad

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Algunos especialistas llegan a decir que la familia, además de ser una unidad en el amor, es la institución más violenta de nuestra sociedad. En esa convivencia subyacen tales tensiones que, si no se controlan civilizadamente, pueden derivar en tragedia. Diez mujeres han sido asesinadas en lo que va de año. Ni el necesario ordenamiento jurídico ni el incipiente desprecio social a las actitudes machistas han conseguido acabar con la violencia hacia las mujeres, porque sus raíces se hunden en la situación de desigualdad estructural que padecen los más débiles de nuestra sociedad y, en particular, muchas mujeres.

 

Vivimos en una sociedad violenta y muchas personas reaccionan irracionalmente ante su incapacidad de argumentar o sobreponerse al rechazo o al fracaso. Es lo que ocurre con hombres utilizan la violencia como un despreciable mecanismo de autoafirmación; algo que evidencia una extrema incapacidad de adaptación social, pero esto, lejos de poder considerarse un atenuante, es algo que agrava los hechos ya que el uso de la fuerza sólo pretende “cronificar” la situación de la pareja y perpetuar el esquema de dominación familiar.

 

No es cuestión de discutir más sobre si las agresiones están motivadas por la locura pasional, el rancio sistema educativo al que fuimos sometidos- hecho que no explica la sorprendente juventud de muchos agresores-, los celos o la desesperación ante los trámites de separación; quizás la respuesta esté simplemente en la selvática satisfacción que algunos manifiestan al someter por la fuerza a los más débiles, lo que en muchos casos nos permite deducir que los malos tratos físicos o psicológicos se cometen conscientemente.

 

Lo que incrementa el dramatismo es que muchas mujeres sufren en silencio su situación, asumen su papel de sparring e incluso se culpan del fracaso que supone vivir en un infierno,  bien por el miedo al qué dirán, a la soledad, al rechazo familiar, a la incertidumbre económica o simplemente por el incomprensible engarce emocional que tienen con su verdugo.

 

Ésas son las mujeres que necesitan nuestro apoyo y nuestra protección. Está claro que todos los medios son pocos para proteger a las víctimas o para atajar tan irracional tragedia, que lejos de ser individual debe ser asumida como una lacra colectiva. Y al tiempo que engrasamos los mecanismos legales y policiales es necesario insistir en la sensibilización y en la educación como elementos imprescindibles para resituar al macho en una renovada sociedad que debe conquistar una convivencia en libertad y paridad, que supere cualquier desigualdad de género e instale el respeto a la dignidad de las personas como argumento que vertebre nuestras relaciones.

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