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Koldo Campo
Lunes, 27 de abril de 2015 | Noticia leída 120 veces

La naturaleza de la tragedia

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Las catástrofes naturales suelen tener poco de natural. Por lo general, la devastación de un lugar y el número de damnificados es directamente proporcional a su nivel de desarrollo.


La prueba es que hechos similares al ocurrido en Nepal, en otras zonas más prósperas, apenas dejan víctimas mortales ni colapsan sus infraestructuras. Así, que no es producto del azar que sólo sea en los países pobres donde se amontonen los cadáveres.
En las áreas más míseras del mundo, primero matan los terremotos, las riadas o los huracanes, después la falta de asistencia y las epidemias y, finalmente, el olvido. Porque antes y después de una catástrofe, como antes y después de una guerra, sólo reina el olvido.
Si a las construcciones frágiles, si a los edificios levantados sin la consideración de las normas antisísmicas, si a los hacinados núcleos de población establecidos en zonas de aluvión les sumamos sistemas de prevención inexistentes o servicios de emergencia, si no nulos, precarios, a poco que pase algo, inevitablemente nos situamos ante una tragedia de proporciones monstruosamente sobrecogedoras.
Por eso, puede afirmarse que la pobreza es un factor multiplicador del poder de devastación de cualquier manifestación violenta de la naturaleza. Al final, en coyunturas similares,  las diferencias entre ricos y pobres se visibilizan también en los tanatorios o, para ser más preciso, en las fosas comunes. Sin duda, el agravamiento de las consecuencias de un desastre tiene que ver con la inacción o la incapacidad de actuación de los hombres.


Está claro que debemos poner en marcha una solidaridad ‘por si acaso’. Los organismos internacionales, y por extensión los países enriquecidos, no deben limitar su acción a la ayuda de emergencia, que al calor de las cámaras de televisión brota impetuosa y a borbotones como el magma de un volcán, sino a la prevención, impulsando y planificando con las autoridades locales medidas efectivas que protejan a los habitantes del país de cualquier posible desastre, incluidos los medioambientales. Si no somos capaces de sufragar programas de protección y de desarrollo para países como Nepal, ante la siguiente catástrofe, que llegará más pronto que tarde, nuestras lágrimas y lamentos volverán a quedar, una vez más, sepultados por los escombros

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