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Redacción
Lunes, 23 de enero de 2017

Un cuidado primario deseado, adecuado, distribuido y apoyado

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La intensa vulnerabilidad y dependencia funcional que nos caracteriza a los seres humanos al nacer y en los siguientes años y, también, en otros muchos momentos y etapas de nuestra vida llama, en primera instancia y de forma bastante universal, al cuidado primario, es decir, a la compensación y complementación de nuestras limitaciones para el autocuidado por parte de aquellas personas con las que tenemos vínculos relacionales de carácter familiar y comunitario: aquellas personas comprometidas con nosotras en clave de don y en dinámica, en principio, de reciprocidad a largo plazo.

 

Este cuidado primario ha de ser deseado. Deseado, en primer término, por la persona que recibe los cuidados. Lógicamente, hay casos, como el de la criatura recién nacida, en los que no es aplicable esta primera característica; pero sí lo es, lo debe ser, en la mayoría de los casos y por ello, en previsión de que podamos perder la capacidad de pensarlo o expresarlo, es conveniente que pensemos y expresemos anticipadamente cómo nos gustaría ser cuidadas llegado el caso. Por otra parte, el cuidado también ha de ser deseado, libremente, por la persona que cuida.

 

La segunda característica que proponemos para el cuidado familiar y comunitario es que sea adecuado, es decir, complementario y sinérgico con el autocuidado, con la capacidad de la persona que recibe cuidados para realizar (y para decidir realizar) las actividades de las que sea capaz. Las personas de la familia o la comunidad que cuidamos a alguien debemos respetar y potenciar su autonomía funcional y, especialmente, su autodeterminación decisional.

 

Propugnamos, en tercer lugar, un cuidado primario distribuido. La experiencia de las personas que cuidan a sus personas allegadas y la evidencia obtenida por la investigación coinciden en apuntar a la conveniencia de construir redes de cuidado primario en las que, si bien es frecuente y, en muchas ocasiones, interesante que exista una persona cuidadora principal, es del todo punto, inconveniente y, finalmente, insostenible la sobrecarga de ese nodo de la red. Quizá, a veces, cuando promovemos el merecido reconocimiento social a las personas que brindan cuidados primarios, contribuimos involuntariamente a reforzar el problemático prototipo de la persona cuidadora “sola ante el peligro”.

 

El cuidado primario, por último, ha de ser un cuidado apoyado, es decir complementado y potenciado por cuidados y otros apoyos de carácter profesional prescritos y proporcionados por personal de los servicios sociales y de otros ámbitos sectoriales. Las personas que necesitamos cuidados y las personas que proporcionamos cuidados primarios debemos ver reconocido efectivamente nuestro derecho a recibir los productos de apoyo, prestaciones técnicas y servicios personales pertinentes, en función de nuestras necesidades y en el entorno comunitario deseado.

 

La apuesta por un cuidado primario deseado, adecuado, distribuido y apoyado nos coloca ante una exigente agenda estratégica de cambio de la realidad actualmente existente, realidad atravesada por una creciente crisis de cuidados que representa una amenaza, muchas veces ya cumplida, para la sostenibilidad de nuestra vida en común. La apuesta por un cuidado primario deseado, adecuado, distribuido y apoyado es un componente fundamental de la construcción de la equidad y el buen vivir.

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