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Nora Ciarsolo

La belleza y el verano

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Con el verano llega la mirada inquisidora del heteropatriarcado sobre nuestros cuerpos. Un bombardeo de mensajes e imágenes que inyectan la norma de los cuerpos perfectos que arremete contra la diversidad de los cuerpos, sus formas, colores, olores, tamaños, edades etc. Se normaliza una ficción acerca de la belleza presentada como símbolo del éxito, del reconocimiento, del deseo y de la aceptación social. Todo cuerpo que no corresponda con el modelo dominante debe ser modificado, en vez de aceptado, y para ello, el consumo de productos relacionados con la industria cosmética, textil, farmacéutica, etc. se convierte en la receta para lidiar con semejante presión de alcanzar el canon impuesto. Convertirse en objeto de deseo masculino, ser sexualmente atractivas para los hombres, será el indicador de haberlo logrado o estar cerca de hacerlo.

 

 

Esta estrategia política para la homogeneización de la belleza y los cuerpos se dirige de manera diferencial a hombres y mujeres y tiene un impacto desigual en unas y otros. Las mujeres y sus cuerpos son los que se sitúan en el ojo del huracán del capitalismo heteropatriarcal, a través de lo cual se pretende su dominación. El objetivo no es que estemos/seamos perfectas, sino mantenernos anestesiadas por dietas y operaciones bikini.

 

 

La ideología de la belleza, el paradigma de la perfección de los cuerpos, es una potente arma política diseñada para garantizar el control social y perpetuar la hegemonía masculina y las relaciones de poder que de ello derivan.

 

 

En este perverso tándem las mujeres tenemos un doble papel. Por un lado, tenemos interés como potenciales consumidoras y el odio hacia nosotras mismas y nuestros cuerpos, será proporcional al aumento de los beneficios económicos de los mercados. Por otro lado, somos un reclamo para el consumo, alimentando la cosificación que se hace de nuestros cuerpos a través de un determinado modelo de belleza, atravesado también por otras categorías como la raza, la sexualidad y el deseo, la funcionalidad, la edad, la clase etc. Nos convertimos para el capitalismo heteropatriarcal en un bien de consumo, un producto más, de usar y tirar, consolidando la ideología que sostiene que las mujeres son bienes comunes y sus cuerpos territorios públicos, al servicio de las necesidades ajenas (del estado, del mercado y de los hombres).

 

 

El consumo se construye desde un orden social machista. Las grandes empresas articulan e imponen las necesidades basadas en los roles e identidades de género y sexuales, reproduciendo y reforzando las relaciones de poder, que subordinan a las mujeres y demás sujetxs que se escapan de la norma. Los cuerpos de las mujeres son un territorio clave para el capitalismo y el heteropatriarcado y por tanto, controlarlos, contener su sexualidad y regular sus procesos corporales es prioritario. De ahí el interés y la insistencia por convertirnos en objeto y sujeto de consumo a la vez.

 

 

Practicar un consumo consciente, crítico y transformador que permita gozar y disfrutar de nuestros cuerpos se vuelve una buena forma de reivindicar la diversidad y agrietar ese molde tan estrecho que nos imponen el capitalismo y el heteropatriarcado, en el que no cabe la belleza real de nuestros cuerpos.

 

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