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Aitor Ipiña
Domingo, 3 de julio de 2016

Tristeza electoral

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Desde hace años, y supongo que como recuerdo de épocas pasadas donde el ejercicio del voto en libertad era algo que celebrar y donde parecía que con cada nueva elección se abría un horizonte de posibilidades, las noches electorales siempre las he vivido con intensidad y con una mezcla de ilusión y expectación.

 

Pero esta semana he encadenado dos, la del Brexit, un poco más lejana y menos televisada, y la de las elecciones generales, donde lo que ha quedado grabado es un fuerte sentimiento de tristeza. Y el motivo no es que no hayan triunfado las opciones que uno particularmente prefiere, porque afortunadamente ya ha sucedido más veces y forma parte de la legítima articulación de la voluntad popular mayoritaria a través de la libre elección de opciones.

 

Esta semana, sin embargo, es difícil no hacer una lectura que conecte ambos resultados en clave de retroceso, de paso atrás. Aunque son elecciones diferentes y diferenciadas, ambas han estado dominadas por la activación del miedo y por qué no decirlo por una pérdida de valores. Ambas sociedades ante el reto que suponen unos nuevos tiempos de incertidumbre,   de riesgo pero también de oportunidad, han decidido mayoritariamente estirar sus mantas de noche, cubrirse el rostro, cerrar los ojos y esperar que las soluciones idealizadas del pasado sirvan para disolver los miedos del presente y del futuro.

 

En el caso británico es difícil separar el resultado y la legítima voluntad de separarse de las estructuras político-económicas del continente, de una prevalencia de sentimientos ilusorios de grandeza imperial, de falsos mitos de prosperidad económica aislada  y de mezquinos sentimientos de xenofobia y exclusión.

 

En el caso español, la incertidumbre ante los nuevos escenarios y las dudas sobre los nuevos agentes políticos, que no han tenido tiempo siquiera de equivocarse, ha provocado un rápido abandono de expectativas y una vuelta a lo malo conocido, aunque ello haya supuesto desviar la mirada y pasar por encima de un lodazal de corrupción y de talante autoritario que ha presidido la última etapa política.

 

Como siempre después de la noche viene el día, también en lo electoral, y esta vez el sol de la mañana política nos recuerda nuestro papel que, como ciudadanos y como sociedad civil, nos corresponde  para seguir construyendo e impulsando espacios sociales de justicia y progreso.

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