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Lunes, 10 de diciembre de 2018
Última actualización: Martes, 4 de diciembre de 2018 22:24
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Fede Merino

Se nos escapan de las manos

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Llegan, seleccionados, los primeros refugiados. Llegan como una atracción de feria y  medidor europeo de  solidaridad, de la escasa solidaridad. No se trata de refugiados cuyos hijos han estado durmiendo sobre mantas y sacos en campamentos sino que han tenido algo más de suerte y lo han hecho en apartamentos atenienses. Pero ahí están todas las cámaras habidas y por haber para recoger el momento. Aunque no lo parezca son las imágenes del dolor.

 

La televisión del dolor. Esa que apareció en Italia hace 35 años (se cumplen el mes que viene) cuando intentaron rescatar a “Il picolo Alfredino Rampi”, un niño de seis años que había caído a un pozo artesanal, a 36 metros de profundidad y con apenas cuarenta centímetros de boca de entrada.

 

         Dos días después el responsable de los bomberos dijo que el rescate era factible. Comenzaron los operativos y con ellos la RAI, la radiotelevisión pública, que realizó la transmisión continuada en directo más larga de la historia con picos de audiencia de 21 millones de telespectadores.

 

         Falló todo, menos la transmisión. Falló un túnel excavado en paralelo y que provocó que el niño cayera otros 25 metros, fallaron los siete intentos desesperados de un voluntario que llegó a ascenderle hasta una docena de metros de la entrada…. Todo fue contado por la televisión al minuto, incluido el fatal desenlace cuando se confirmó la muerte del pequeño. Un evento mediático en el que información y espectáculo, información y entretenimiento se confundieron. Y así ha seguido desde entonces. Algo parecido ocurrió con Omayra, la niña colombiana de 13 años que murió delante de las cámaras tras la erupción del volcán Nevado del Ruiz, después de tres días atrapada entre los restos de su propia casa. Ahora toca refugiados, y tampoco sabemos el desenlace más que para los primeros afortunados.

 

         Nosotros, aquí, también estamos atrapados en nuestros propios restos, emparedados entre esa mezcla de consternación e inacción, de pena y compasión, de indiferencia e indignación, de comprensión e incomprensión. ¡Qué le vamos a hacer! No éramos perfectos y ahora ya lo saben todos. Incluso nosotros ya lo sabemos.

 

         Menos mal que con cada nuevo mal comportamiento general nacen otros dos buenos individuales, no tan alimentados en las pantallas, no tan gigantescos sino más pequeños y por lo tanto más humanos. Así que: busquemos (forcemos) las políticas más humanas, las más humanizadoras, las más humanizantes. Todas aquellas que no se guíen exclusivamente por números, cuotas y rentabilidades, porque así no se socorre a nadie. Si no es así, los pequeños Aylan, Omayra y Alfredino volverán a escapársenos de las manos.

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