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Koldo Campo

No son hombres

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La violencia contra la mujer no conoce fronteras, ni geográficas, ni culturales, ni económicas. Nos alarma, como no puede ser de otro modo, la que ejerce el hombre sobre su pareja pero, como la hidra, esta violencia emerge mostrando sus muchas cabezas: discriminaciones múltiples, trata de mujeres y niñas, prostitución forzosa, abusos, violaciones, mutilaciones sexuales, asesinatos…una violencia selvática, la del depredador, más fuerte físicamente (y/o socialmente), sobre la pieza más vulnerable.
La violencia más generalizada, la que percibimos con horror, porque nos roza  por lo cercana y nos conmociona por redundante, es la que se comete bajo el disfraz de una relación sentimental, cruel añagaza, la del falso cariño, que sólo es un arma más para someter a la víctima. Un vínculo emocional que el agresor utiliza para que la víctima desarrolle una especie de síndrome de Estocolmo. Una argolla que incomprensiblemente ata a la mujer maltratada con su sufrimiento y crea incluso, extraña paradoja, un lazo afectivo más fuerte entre víctima y victimario, tanto que se justifica su conducta o anima a retirar la denuncia que en un momento de desesperada lucidez se interpuso ante la policía; pero eso no significa que esas mujeres no sufran una parálisis o una retracción por el terror. Y aunque colectivamente estemos concienciados también debemos entender que individualmente el miedo ejerce de poderoso anestésico del sentido común.
Por eso debemos seguir actuando y arbitrando medidas de protección lo suficientemente “garantistas” como para que ninguna mujer tenga dudas sobre que quien la desprecia o la golpea no la quiere y que es más seguro salir de tan terrible situación.
A la mujer maltratada debemos garantizarle refugio, protección, atención, orientación jurídica y ayuda económica para que pueda reiniciar su vida, en muchos casos en soledad e incluso sin el apoyo familiar.
Hoy por hoy estas medidas están contempladas en las leyes, pero no sé por qué razón siempre hay un engranaje que chirría: una lectura restrictiva o desganada de la ley, una laxa actitud administrativa o policial, una resolución judicial que desbarra…así hasta medidas que, controversias aparte, siempre me han costado entender, como que la mujer sea la que tenga que renunciar a  su libertad, por ejemplo, asumiendo una escolta.
Conociendo como se conoce en estos casos de dónde y de quién parte la amenaza ¿por qué poner un escolta a la mujer y no un policía al agresor?
Hagamos de este modo que  se visibilice el comportamiento del victimario, al menos socialmente su conducta no quedará impune, porque lo mismo que cuando se le pone sordina a la sensibilización aumentan las agresiones cuanto más difuminado quede el agresor menos vergüenza/conciencia se desarrollará en él. Denunciémosles pues públicamente, y si no llegamos a hacer escarnio en la plaza del pueblo al menos desnudémosles moralmente ante vecinos, amigos y familiares para que no sigan ocultándose en la penumbra.
Probablemente ni siquiera esto sirva como solución, no ya definitiva ni siquiera parcial, pero eliminar la carga de la víctima acabará dignificándola e identificará al verdugo, las más de las veces experto en camuflarse como lo que evidentemente no es: un hombre.

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