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Miércoles, 12 de diciembre de 2018
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Fernando Fantova

El contrato social de mi padre y el de mi hija

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El contrato social de mi padre y el de mi hija (Obra en tres actos con final incierto)

 

Primer acto

 

En algún momento, al comienzo de la segunda mitad del pasado siglo, mi padre se reunió con la Sociedad para negociar su contrato social. La conversación que se produjo fue la siguiente:

Padre: Buenos días.

Sociedad: Buenos días, ¿qué desea?

Padre: Bienestar.

Sociedad: No es fácil, pero podemos intentarlo.

Padre: ¿Qué he de hacer?

Sociedad: Ha de cualificarse rápidamente y ponerse a trabajar. Será por muchos años en el mismo sitio, seguramente. A cambio, se le pagará un salario que le permitirá consumir y satisfacer sus necesidades. Deberá casarse con una mujer y tener hijos e hijas. Su mujer se ocupará de cuidar a todas las personas de la familia que lo necesiten.

Padre: ¿Y cuando no pueda trabajar?

Sociedad: No se preocupe. A cambio de una cotización mensual, el Estado le ofrecerá un seguro para situaciones de enfermedad o desempleo. Además usted podrá jubilarse y recibir una pensión, siempre y cuando fallezca poco después, como está previsto. Si usted muere antes que su esposa, ella recibirá la pensión.

Padre: Perdone si me pongo un poco puntilloso, ¿y si yo o alguien de mi familia se queda sin nadie o tiene una discapacidad o las cosas se tuercen mucho? Ya me entiende.

Sociedad: Eso pasa muy pocas veces, pero, en fin, ya crearemos unos servicios sociales para esas situaciones.

 

Mi padre cumplió su parte del contrato, como, desde luego, hizo mi madre (aunque ella no había firmado nada) y la sociedad, básicamente, cumplió la suya. El primer acto termina, para mi padre y para bastantes otras personas de su generación, relativamente bien.

 

Segundo acto

 

En algún momento, en los comienzos de este siglo, mi hija se reunió con la Sociedad para negociar su contrato social. La conversación que se produjo fue la siguiente:

Hija: Hola.

Sociedad: supongo que estarás contenta de cómo nos hemos ocupado hasta el momento de tu salud y de tu educación.

Hija: Sí.

Sociedad: ¿Qué deseas ahora?

Hija: No sé, ser feliz.

Sociedad: ¡Uf!

Hija: ¿Qué he de hacer?

Sociedad: Tienes que seguir formándote, nunca vas a dejar de hacerlo si quieres ser suficientemente productiva. Has de estar dispuesta a que el desarrollo tecnológico destruya varias veces tu puesto de trabajo a lo largo de tu vida. Tienes que estar dispuesta a marcharte muy lejos, si es necesario.

Hija: Vale, pero quiero que sepas que no sé si voy a formar una familia y que mi idea no es dedicarme a cuidar a mis familiares. Viviré más de 80 años y sobreviviré, aunque sea con dificultades, a accidentes y enfermedades que se hubieran llevado por delante a mi abuelo.

Sociedad: En estas condiciones, no sé hasta qué punto el Estado podrá ocuparse de tu subsistencia, de curarte o de cuidarte cuando lo necesites. Si eres suficientemente competitiva y ganas bastante dinero podrás tener patrimonio y seguros privados para esas cuestiones.

Hija: No sé, no lo veo claro. ¿Para qué nos sirve, entonces, todo ese desarrollo tecnológico? ¿Para qué nos sirve el Estado?

Sociedad: La verdad es que yo tampoco lo veo claro. Déjame pensarlo a ver si se me ocurre algo y seguimos conversando en otro momento.

Hija: Vale, pero date prisa, no tenemos mucho tiempo.

Así termina el segundo acto. La verdad es que no muy bien. El tercer acto, por cierto, está por escribir.

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